sábado, 6 de abril de 2024

03. FORMACIÓN DE NORMAS DE CONDUCTA (IX. LA COLOCACIÓN DEL FUNDAMENTO DE LA INTEMPERANCIA (EGW)

3. Formación de Normas de Conducta.
 Comenzad desde la infancia.
Que los padres comiencen una cruzada contra la intemperancia en sus propios hogares, en sus propias familias, en los principios que les enseñan a sus hijos a seguir desde su misma infancia, y pueden esperar el éxito 
(Testimonies, tomo 3, pág. 567).

Enseñad diligentemente.
Enseñad a vuestros niños desde la cuna a practicar la abnegación y el dominio propio. . . . Inculcad en sus tiernas inteligencias la verdad de que Dios no nos ha creado para que viviéramos meramente para los placeres presentes, sino para nuestro bien final. Enseñadles que el ceder a la tentación es dar prueba de debilidad y perversidad, mientras que el resistir a ella denota nobleza y virilidad. Estas lecciones serán como semilla sembrada en suelo fértil, y darán fruto que llenará de alegría vuestro corazón (El Ministerio de Curación, pág. 300).

La importancia de comenzar precozmente.
No puede darse demasiada importancia a la primera educación de los niños. Las lecciones aprendidas, los hábitos adquiridos durante los años de la infancia y de la niñez, influyen en la formación del carácter y la dirección de la vida mucho más que todas las instrucciones y que toda la educación de los años subsiguientes
 (El Ministerio de Curación, págs. 293, 294).

Trascendente influencia de los hábitos tempranos.
En gran medida, el carácter se forma en los primeros años. Los hábitos establecidos entonces tienen más influencia en hacer a los hombres gigantes o enanos en intelecto, que cualquier dote natural; pues los mejores talentos pueden, por causa de malos hábitos, llegar a torcerse y debilitarse. Cuanto más temprano en la vida uno contrae hábitos perjudiciales, más firmemente éstos asirán a su víctima en la 157 esclavitud, y más ciertamente rebajarán su norma de espiritualidad (Counsels on Health, págs. 112, 113).

Es difícil desaprender los hábitos establecidos.
Es un asunto muy difícil desaprender los hábitos que han sido complacidos durante la vida. El demonio de la intemperancia es de gigantesca fuerza, y no es fácilmente vencido. . . . Os valdrá la pena, madres, emplear las preciosas horas que os han sido dadas por Dios en formar el carácter de vuestros hijos, y en enseñarles a adherirse estrictamente a los principios de temperancia en el comer y el beber (Christian Temperance and Bible Hygiene, pág. 79).

El gusto por el licor creado en edad temprana.
Enseñad a vuestros hijos a aborrecer los estimulantes. Son muchos los que ignorantemente fomentan en ellos el apetito por estas cosas. He visto en Europa a nodrizas poner un vaso de vino o cerveza en los labios de los pequeños inocentes cultivando así en ellos el gusto por los estimulantes. A medida que crecen, aprenden a depender más y más de estas cosas, hasta que poco a poco quedan vencidos, y son arrastrados a la deriva y finalmente ocupan la sepultura de un borracho (Consejos sobre el Régimen Alimenticio, págs. 276, 277).

Los primeros tres años.
Permítase que el egoísmo, la ira y la terquedad sigan su curso durante los primeros tres años de la vida de un niño, y será difícil llevarlo a someterse a disciplina saludable. Su disposición ha llegado a ser descontenta, su deleite es hacer su propia voluntad y el control paterno le resulta desagradable. Estas malas tendencias crecen con el desarrollo del niño, hasta que en la virilidad el egoísmo supremo y una falta de autocontrol lo colocan a la merced de los males que corren a rienda suelta en nuestro país (Health Reformer, abril de 1877).

Grave responsabilidad de los padres.
Cuán difícil es obtener la victoria sobre el apetito una vez que éste se ha establecido. Cuán importante es que los padres críen a sus hijos con gustos puros y apetitos no pervertidos. Los padres deberían recordar siempre que descansa sobre ellos la responsabilidad de instruir a sus hijos en una forma tal que ellos tengan fibra moral para resistir el mal que los rodeará cuando salgan al mundo. 158

Cristo no pidió a su Padre que quitara a sus discípulos del mundo, sino que los guardara del mal en el mundo, que los guardara de ceder a las tentaciones que encontrarían por todos lados. Esta es la oración que padres y madres deberían ofrecer por sus hijos. Pero, ¿pleitearán con Dios y luego dejarán a sus hijos hacer como a ellos les agrada? Dios no puede guardar del mal a los hijos si los padres no cooperan con él. Los padres debieran emprender su obra valientemente y alegremente, llevándola adelante con infatigable esfuerzo (Review and Herald, 9-7-1901).

Aquellos que complacen el apetito de un niño y no le enseñan a controlar sus pasiones, puede que más tarde vean el terrible error que han cometido [cuando contemplen] al esclavo amante del tabaco y bebedor, cuyos sentidos están entorpecidos, y cuyos labios profieren falsedad y blasfemia (Counsels on Health, pág. 114).

Moldeando el carácter para resistir la tentación.
Los primeros pasos en la intemperancia se dan generalmente en la niñez o en la temprana juventud. Se da al niño alimento estimulante, y se despiertan insaciables apetitos antinaturales. Estos depravados apetitos se fomentan a medida que se desarrollan. El gusto continuamente llega a ser más pervertido; se desean estimulantes más fuertes y se gusta de ellos, hasta que pronto el esclavo del apetito desecha todo freno. El mal comenzó precozmente en la vida y podría haber sido evitado por los padres. Presenciamos en nuestro país activos esfuerzos para reprimir la intemperancia, mas se ha encontrado que es un asunto difícil subyugar y encadenar al fuerte y completamente desarrollado león.

Si la mitad de los esfuerzos que se ejercen para detener este mal gigante fuesen dirigidos hacia la instrucción de los padres en cuanto a su responsabilidad en formar los hábitos y caracteres de sus hijos, resultaría un beneficio mil veces mayor que del actual curso de combatir solamente el desarrollado mal. El apetito antinatural por licores espirituosos se origina en el hogar, en muchos casos en las mismas mesas de aquellos que son más entusiastas en principiar las campañas de temperancia. . . .

Los padres no deberían considerar ligeramente la tarea de instruir a sus hijos. Deberían emplear mucho tiempo en 159 el cuidadoso estudio de las leyes que regulan nuestro ser. Su primer objetivo debería ser aprender la manera adecuada de tratar con sus hijos a fin de que puedan asegurarles mentes sanas en cuerpos sanos. Demasiados padres están dominados por la costumbre en vez de estarlo por la razón sólida y las demandas de Dios. Muchos que profesan ser seguidores de Cristo son tristemente negligentes de los deberes del hogar. No advierten la importancia sagrada del depósito que Dios ha colocado en sus manos a fin de que moldeen los caracteres de sus hijos para que éstos tengan fibra moral para resistir las muchas tentaciones que entrampan los pies de la juventud (Signs of the Times, 17-11-1890).

Comenzad con la cuna.
Si los padres hubiesen hecho su deber en poner la mesa con alimento saludable, descartando sustancias irritantes y estimulantes, y al mismo tiempo hubiesen enseñado a sus hijos el dominio propio, y educado sus caracteres para que desarrollen poder moral, no tendríamos ahora que vérnoslas con el león de la intemperancia. 

 Después que los hábitos de complacencia propia han sido formados y han crecido con su desarrollo y se han fortalecido con su poder, cuán difícil es entonces para los que no han sido adecuadamente instruidos en la juventud romper sus malos hábitos y aprender a refrenarse ellos mismos y a refrenar sus apetitos antinaturales. Cuán difícil es enseñar a los tales y hacerles sentir la necesidad de temperancia cristiana cuando alcancen la madurez. Las lecciones de la temperancia deberían comenzar con el niño mecido en la cuna (Review and Herald, 11-5-1876).

El Ajuste de Cuentas Final.
Cuando los padres y los hijos se encuentren en el final ajuste de cuentas, ¡qué escena será presentada! Miles de hijos que han sido esclavos del apetito y el vicio degradante, cuyas vidas son ruinas morales, estarán cara a cara con sus padres, quienes hicieron de ellos lo que son. ¿Quién sino los padres debe cargar esta horrenda responsabilidad? 
¿Hizo el Señor corruptos a estos jóvenes? ¡Oh, no! El los hizo a su imagen, un poco menor que los ángeles 
(Testimonies, tomo 3, pág. 568).

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