sábado, 6 de abril de 2024

05. ENSEÑANDO ABNEGACIÓN Y AUTOCONTROL (IX. LA COLOCACIÓN DEL FUNDAMENTO DE LA INTEMPERANCIA (EGW)

5. Enseñando Abnegación Y Autocontrol.
Comenzad con la niñez.
La abnegación y el autocontrol deberían ser enseñados a los hijos, e impuestos sobre ellos, hasta donde sea consecuente, desde la niñez. Y en primer lugar es importante que los pequeños sean enseñados que ellos comen para vivir, no viven para comer; que el apetito debe ser mantenido en sujeción a la voluntad, y que la voluntad debe estar gobernada por una razón serena e inteligente (Signs of the Times, 20-4-1882).

Enseñad principios de reforma.
Padres y madres, orad y velad. Guardaos mucho de la intemperancia en cualesquiera de sus formas. Enseñad a vuestros hijos los principios de una verdadera reforma pro salud. Enseñadles lo que deben evitar para conservar la salud. La ira de Dios ha comenzado ya a caer sobre los rebeldes. ¡Cuántos crímenes, cuántos pecados y prácticas inicuas se manifiestan por todas partes! (Joyas de los Testimonios, tomo 3, págs. 360, 361).

Enseñad el verdadero objeto de la vida.
En la Palabra de Dios han sido dadas instrucciones explícitas. Que estos principios sean llevados a efecto por la madre, con la cooperación y el apoyo del padre, y que los hijos sean enseñados desde la infancia a practicar hábitos de autocontrol. Enséñeseles que no es el objeto de la vida complacer los apetitos sensuales, 
sino honrar a Dios y bendecir a sus prójimos.

Padres y madres, trabajad ferviente y fielmente, contando con Dios por gracia y sabiduría. Sed firmes pero suaves. 
 En todas vuestras órdenes proponeos asegurar el mayor bien para vuestros hijos y ved entonces que estas órdenes sean obedecidas. Vuestra energía y decisión deben ser firmes, sin embargo siempre en sujeción al Espíritu de Cristo. Entonces realmente podemos esperar ver que nuestros hijos sean "como plantas crecidas en su juventud, nuestras hijas como esquinas labradas como las de un palacio" (Signs of the Times, 13-9-1910).

Hay que culpar a los padres si los hijos son bebedores.
Hay un lamento general debido a que la intemperancia prevalece en un grado tan terrible; pero imputamos la causa principal a los padres y las madres que han colocado sobre sus mesas los medios por los cuales los apetitos de sus hijos son acostumbrados por estimulantes excitantes. Ellos mismos han sembrado en sus hijos las semillas de intemperancia, 162 y es culpa suya si sus hijos llegan a ser bebedores (Health Reformer, mayo de 1877).

Muchas veces el alimento es de tal índole que excita un deseo por las bebidas alcohólicas. Se presentan delante de los niños platos elaborados: alimentos condimentados, salsas sabrosas, tortas y pasteles. Estas comidas demasiado condimentadas irritan el estómago y crean un deseo de estimulantes cada vez más fuertes. No sólo se tienta al apetito con alimento inadecuado del cual se permite a los niños que lo consuman en abundancia, sino que se los deja que coman entre horas, y para cuando alcanzan los doce o catorce años de edad son dispépticos confirmados.

Posiblemente habréis visto el grabado que representa el estómago de un aficionado a las bebidas fuertes. Una condición similar se produce bajo la influencia de las especias fuertes. Con el estómago en una condición tal, hay un deseo vehemente de aplacar el apetito, de algo más y más fuerte. El próximo paso será encontrar a los hijos en la calle aprendiendo a fumar (Consejos sobre el Régimen Alimenticio, pág. 277).

El camino a la intemperancia.
El camino a la intemperancia. En su ignorancia o descuido, los padres dan a sus hijos las primeras lecciones en la intemperancia. En la mesa, cargada con condimentos dañinos, alimento muy sazonado y chucherías condimentadas con especias, el niño adquiere un gusto por lo que es perjudicial para él, lo cual tiende a irritar las tiernas capas del estómago, enciende la sangre, y fortalece las pasiones animales.

 El apetito pronto anhela alguna cosa más fuerte, y se usa tabaco para complacer ese deseo vehemente. Esta indulgencia solamente aumenta el ansia antinatural por estimulantes, se recurre pronto a las bebidas alcohólicas, y la embriaguez viene después. Este es el recorrido de la gran avenida a la intemperancia (Review and Herald, 6-9-1877).

Facultades morales paralizadas.
Mediante el canal del apetito, se encienden las pasiones y las facultades morales se paralizan, de suerte que la instrucción paternal en los principios de moralidad y verdadera bondad recae en el oído sin afectar el corazón. Las más terribles amonestaciones y amenazas de la Palabra de Dios no son suficientemente poderosas para mover el intelecto entorpecido y despertar la conciencia violada. 163

La complacencia del apetito y la pasión afiebra y debilita la mente, e inhabilita para la educación. Nuestra juventud necesita una educación fisiológica tanto como otros conocimientos científicos o literarios. Es importante que ellos comprendan la relación que su comer y beber, y sus hábitos generales, tienen con la salud y la vida. A medida que comprendan su propia constitución, sabrán cómo protegerse contra la debilidad y la enfermedad. 

 Con una constitución sólida hay esperanza de lograr casi cualquier cosa. La benevolencia, el amor y la piedad pueden cultivarse. Una falta de vigor físico se manifestará en las facultades morales debilitadas.
 
 El apóstol dice: "No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias" (Health Reformer, diciembre de 1872).

Esto le atañe a uno.
Deberíais estudiar la temperancia en todas las cosas. Deberíais estudiarla en lo que coméis y en lo que bebéis. Y sin embargo decís: "A nadie le importa lo que como, o lo que bebo, o lo que pongo sobre mi mesa". Esto le atañe a uno, a menos que toméis a vuestros hijos y los encerréis, o entren en el desierto donde vosotros no seréis una carga sobre otros, y donde vuestros indóciles y viciosos hijos no corromperán la sociedad en la cual ellos se mezclen
 (Testimonies, tomo 2, pág. 362).

Enseñad a vuestros hijos independencia moral.
Los padres debieran enseñar a sus hijos a tener independencia moral, no a seguir el impulso y la inclinación, sino a ejercer sus facultades de razonamiento y actuar por principio. Que las madres pregunten, no por la última moda, sino por el camino del deber y la utilidad, y dirijan en esto los pasos de sus hijos. Los hábitos sencillos, la moral pura y una noble independencia en la debida dirección, serán de más valor a la juventud que los dones del genio, las dotes del saber, o el lustre externo que el mundo pueda darles. Enseñad a vuestros hijos a caminar en las sendas de justicia, y ellos a su vez conducirán a otros en el mismo camino. Así podréis ver al final que vuestra vida no ha sido en vano, pues habéis sido instrumentos en traer precioso fruto al granero de Dios (Review and Herald, 6-11-1883).

Estudien los padres las leyes de la vida.
Los padres debieran poner en primer término la comprensión de las leyes de la vida y la salud para que en la preparación del alimento o mediante cualesquiera otros hábitos, no hagan nada que 164 desarrolle malas tendencias en sus hijos. Cuán cuidadosamente debieran las madres estudiar cómo preparar sus mesas con el alimento más sencillo y saludable para que los ¿órganos digestivos no sean debilitados, alteradas las energías nerviosas y la instrucción que debieran dar a sus hijos contrarrestada por el alimento colocado delante de ellos. 

 Este alimento o debilita o fortalece el estómago y tiene mucho que ver en el control de la salud física y moral de los hijos, que son propiedad de Dios adquirida con sangre. ¡Qué sagrado cometido es confiado a los padres al encomendárseles custodiar las constituciones físicas y morales de sus hijos a fin de que el sistema nervioso pueda estar bien equilibrado, y el alma no sea puesta en peligro! (Testimonies, tomo 3, pág. 568).

Los hijos también deben entender fisiología.
Los padres deben procurar despertar en sus hijos interés en el estudio de la fisiología. Desde el mismo amanecer de la razón, la mente humana debería tener entendimiento acerca de la estructura física. Podemos contemplar y admirar la obra de Dios en el mundo natural, pero la habitación humana es la más admirable. Es, por lo tanto, de la mayor importancia que la fisiología ocupe un lugar importante entre los estudios elegidos para los niños. Todos ellos deben estudiarla. Y luego, los padres deben cuidar de que a esto se añada la higiene práctica.

Debe hacerse comprender a los niños que todo órgano del cuerpo y toda facultad de la mente son dones de un Dios bueno y sabio, y que cada uno de ellos debe ser usado para su gloria. Debe insistiese en los debidos hábitos respecto al comer, al beber y al vestir. Los malos hábitos hacen a los jóvenes menos susceptibles a la instrucción bíblica. Los niños deben ser protegidos contra la complacencia del apetito, y especialmente contra el uso de estimulantes y narcóticos 
(Consejos para los Maestros, págs. 96, 97).

Preparados para hacer frente a la tentación.
Los hijos debieran ser enseñados y educados de modo que puedan calcular encontrarse con dificultades, y contar con tentaciones y peligros. Debieran ser enseñados a tener control sobre sí mismos y a superar noblemente las dificultades; y si ellos no se lanzan al peligro voluntariamente, e innecesariamente se colocan a sí mismos en el camino de la tentación; si evitan las malas influencias y la compañía viciosa, 165 y entonces son inevitablemente obligados a estar en peligrosa compañía, tendrán fuerza de carácter para mantenerse de parte de lo recto y preservar el principio, y saldrán en el poder de Dios con su moral incontaminado. Las facultades morales de los jóvenes que han sido educados correctamente, si ellos hacen de Dios su confianza, serán iguales como para resistir la prueba más poderosa (Health Reformer, diciembre de 1872).

Si los principios correctos en cuanto a la temperancia fueran implantados en la juventud que forma y moldea la sociedad, habría poca necesidad de cruzadas de temperancia. Prevalecerían la firmeza de carácter, el control moral, y en el poder de Jesús serían resistidas las tentaciones de estos últimos días (Christian Temperance and Bible Hygiene, pág. 79).

 

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