sábado, 6 de abril de 2024

01. LA INFLUENCIA PRENATAL (IX. LA COLOCACIÓN DEL FUNDAMENTO DE LA INTEMPERANCIA (EGW)

 

1. La Influencia Prenatal.
Dónde debe comenzar la reforma.
Los esfuerzos de nuestros obreros que enseñan la temperancia no tienen bastante alcance para desterrar la maldición de la intemperancia. Una vez formados los hábitos es difícil vencerlos. La reforma debe empezar con la madre antes del nacimiento de sus hijos; y si se siguieran fielmente las instrucciones de Dios, no existiría la intemperancia.

Debiera ser el esfuerzo constante de cada madre conformar sus hábitos con la voluntad de Dios, a fin de cooperar con él en proteger a sus hijos de los vicios destructores de la salud y la vida que existen en la actualidad. Sin dilación pónganse las madres en la debida relación con su Creador, para que por su gracia ayudadora levanten alrededor de sus hijos un baluarte contra la disipación y la intemperancia (Consejos Sobre el Régimen Alimenticio, pág. 266).

Los hábitos del padre y de la madre.
Como regla, cada hombre intemperante que cría hijos transmite sus inclinaciones y tendencias malas a su descendencia (Review and Herald, 21-11-1882).
El niño será afectado para bien o para mal por los hábitos de la madre. Ella misma tiene que ser dominada por los buenos principios, y debe observar las leyes de la temperancia y el dominio propio, si quiere asegurar el bienestar de su hijo (Consejos Sobre el Régimen Alimenticio, pág. 256).

La herencia de las malas tendencias.
Los pensamientos y los sentimientos de la madre tendrán una poderosa influencia sobre el legado que ella da a su niño. 
 Si permite que su mente se espacie en sus propios sentimientos, si cede al egoísmo y si es malhumorada y exigente, la disposición 152 de su hijo testificará de este temperamento. Así muchos han recibido, como un legado, tendencias al mal casi invencibles. El enemigo de las almas conoce este hecho mucho mejor que muchos padres. El pondrá sus tentaciones sobre la madre sabiendo que si ella no lo resiste, podrá afectar por la madre a su hijo. La única esperanza de la madre está en Dios. Pero puede acudir a él en busca de fortaleza y gracia, y no irá en vano (Signs of the Times, 13-9-1910).

Mensaje de Dios para cada madre.
En las Escrituras se explica el cuidado con que la madre debe vigilar sus propios hábitos de vida. Cuando el Señor quiso suscitarse a Sansón por libertador de Israel, "el ángel de Jehová" apareció a la madre y le dio instrucciones especiales respecto a sus hábitos de vida y a cómo debía tratar a su hijo. "No bebas -le dijo- vino, ni sidra, ni comas cosa inmunda" (Jueces 13: 13, 7).
Muchos padres creen que el efecto de las influencias prenatales es cosa de poca monta; pero el Cielo no las considera así. El mensaje enviado por un ángel de Dios y reiterado en forma solemnísima merece que le prestemos la mayor atención.

Al hablar a la madre hebrea, Dios se dirige a todas las madres de todos los tiempos. "Ha de guardar -dijo el ángel- todo lo que le mandé". El bienestar del niño dependerá de los hábitos de la madre. Ella tiene, pues, que someter sus apetitos y sus pasiones al dominio de los buenos principios. Hay algo que ella debe rehuir, algo contra lo cual debe luchar si quiere cumplir el propósito que Dios tiene para con ella al darle un hijo. Si, antes del nacimiento de éste, la madre procura complacerse a sí misma, si es egoísta, impaciente e imperiosa, estos rasgos de carácter se reflejarán en el temperamento del niño. Así se explica que muchos hijos hayan recibido por herencia tendencias al mal que son casi irresistibles.
 
Pero si la madre se atiene invariablemente a principios rectos, si es templada y abnegada, bondadosa, apacible y altruista, puede transmitir a su hijo estos mismos preciosos rasgos de carácter. Muy terminante fue la prohibición impuesta a la madre de Sansón respecto al vino. Cada gota de bebida alcohólica que la madre toma para halagar al paladar compromete la salud física, intelectual y moral 153 de su hijo, y es un pecado positivo contra su Creador
 (El Ministerio de Curación, págs. 288, 289).

Responsables del bienestar de las generaciones futuras.
Si las mujeres de las generaciones pasadas hubieran sido impulsadas siempre por motivos elevados, teniendo en cuenta que las futuras generaciones serían ennoblecidas o degradadas por su curso de acción, habrían llegado a la firme conclusión de que no unirían los intereses de su vida con hombres que fomentaran apetitos antinaturales por las bebidas alcohólicas y el tabaco, el cual es un lento, pero seguro y mortal veneno que debilita el sistema nervioso y degrada las nobles facultades de la mente. 

 Si los hombres decidían permanecer maniatados por estos hábitos viles, las mujeres deberían haberlos dejado disfrutar de su soltería para que gozaran de esas compañías de su elección. Las mujeres no deberían haberse considerado a sí mismas de tan poco valor como para unir su destino con hombres que no tenían dominio sobre sus apetitos, sino cuya principal felicidad consistía en comer y beber y en halagar sus pasiones animales.

Las mujeres no siempre han seguido los dictados de la razón, sino de sus impulsos. En un alto grado, no han sentido las responsabilidades que descansaban sobre ellas de no formar hogares que estamparían sobre su descendencia un bajo nivel moral y una pasión por satisfacer apetitos degradados a expensas de la salud y aun de la vida. Dios las tendrá por responsables en gran medida por la salud física y el carácter moral así transmitido a las generaciones futuras 
(How to Live, Nº 2, págs. 27, 28).

El recién nacido.
La súplica del padre y la madre debiera ser que "nos enseñe lo que hayamos de hacer con el niño que ha de nacer" (Juec. 13: 8). Hemos presentado al lector lo que Dios ha dicho concerniente a la conducta de la madre antes del nacimiento de sus hijos. Pero esto no es todo. El ángel Gabriel fue enviado de los atrios celestiales para dar instrucción en cuanto al cuidado de los niños después de su nacimiento, a fin de que los padres comprendiesen plenamente su deber.

Más o menos en tiempo del primer advenimiento de Cristo, el ángel Gabriel visitó a Zacarías con un mensaje similar al que había sido dado a Manoa. Al anciano sacerdote se le dijo que su esposa tendría un hijo, que se llamaría 154 Juan. "Y -dijo el ángel- tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán de su nacimiento; porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo" (Juan 1: 15). Este niño de la promesa habría de criarse con los hábitos de temperancia más estrictos. Se le iba a confiar una obra importante de reforma que consistiría en preparar el camino para Cristo.

Existía entre el pueblo la intemperancia en todas sus formas. El hábito de beber y comer con lujuria minaba la fuerza física, y degradaba la moral en tal forma que los crímenes más repugnantes que se cometían no parecían pecaminosos.
 La voz de Juan iba a llegar desde el desierto en son de reprensión por los hábitos pecaminosos de la gente, y sus propios hábitos de abstinencia iban a ser un reproche por los excesos de su tiempo 
(Consejos sobre el Régimen Alimenticio, págs. 265, 266).

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