domingo, 7 de abril de 2024

01. LA SITUACIÓN ACTUAL (XII. LA EXHORTACIÓN DE LA HORA (EGW)

 

Los defensores de la temperancia no hacen todo su deber a menos que ejerzan su influencia por precepto y ejemplo de viva voz, 
por la pluma y el voto en favor de la prohibición y abstinencia total. (Obreros Evangélicos, pág. 402).


1. La Situación Actual.
Una repetición de los mismos pecados.
Existen en nuestros días los mismos pecados que trajeron los juicios sobre el mundo en los días de Noé. Los hombres y las mujeres se exceden tanto en su comida y bebida que terminan en la glotonería y la embriaguez. Este pecado prevaleciente, la complacencia del apetito pervertido, inflamó las pasiones de los hombres en los días de Noé e hizo que cundiera la corrupción. La violencia y el pecado llegaron al cielo. Esa contaminación moral fue finalmente barrida de la tierra por medio del diluvio. . . .

La comida, la bebida y el vestido se llevan a tales extremos que se convierten en crímenes. están entre los pecados notables de los últimos días y constituyen una señal de la pronta venida de Cristo. El tiempo, el dinero y la fuerza, que pertenecen al Señor pero que él nos ha confiado, se malgastan en lo superfluo y lujoso del vestido y para satisfacer el apetito pervertido que disminuye la vitalidad y acarrea sufrimiento y corrupción
 (Christian Temperance and Bible Hygiene, págs. 11, 12).

Una sucesión de caídas.
Desde los días de Adán hasta los nuestros ha habido una sucesión de caídas, cada una mayor que la anterior, en todo tipo de crímenes. Dios no creó una raza de seres tan desprovista de salud, belleza y poder moral como ahora existe en el mundo. Males de toda clase se han incrementado terriblemente sobre la raza humana. Eso no ha ocurrido por la providencia especial 203 de Dios, sino directamente en contra de su voluntad. Ha sobrevenido por el desprecio del hombre de los mismos medios que Dios ha ordenado para protegerlo de los terribles males existentes. La obediencia a la ley de Dios en todo respecto salvaría a los hombres de la intemperancia, de la disipación y de la enfermedad de cualquier tipo. Nadie puede violar la ley natural sin sufrir el castigo (Review and Herald, 4-3-1875).

Miles venden sus aptitudes mentales.
¿Cuál sería el hombre que vendería deliberadamente, por alguna suma de dinero, sus aptitudes mentales? Si alguno le ofreciera dinero para que enajenara su intelecto, rechazaría disgustado la necia propuesta. Sin embargo son miles los que se desprenden de la salud del cuerpo, del vigor del intelecto y la elevación del alma por causa de la complacencia del apetito. En lugar de ganar sólo experimentan pérdida. No se dan cuenta de esto porque tienen su sensibilidad entorpecida. Han malbaratado las facultades que recibieron de Dios. ¿Y a cambio de qué? He aquí la respuesta: Sensualidad rastrera y vicios degradantes. Se da rienda suelta a la complacencia del gusto a costa de la salud y del intelecto
 (Review and Herald, 4-3-1875).

El insidioso cambio gradual.
El uso de licor embriagante destrona la razón y endurece el corazón contra toda influencia pura y santa. La roca inanimada oirá antes los llamados de la verdad y la justicia que el hombre cuya sensibilidad está paralizada por la intemperancia. 
 Los sentimientos más delicados del corazón no se embotan en seguida. El cambio se opera gradualmente. 
 Los que se aventuran a internarse en la senda prohibida se desmoralizan y corrompen gradualmente. 

 Y aunque en las ciudades abundan los locales donde se expende licor, lo que hace más fácil la complacencia, y aunque los jóvenes están rodeados por incitaciones que tientan el apetito, el mal no siempre comienza con el uso de bebidas embriagantes. El té, el café y el tabaco son estimulantes artificiales y su consumo provoca la demanda de estímulos más fuertes, que se encuentran en las bebidas alcohólicas. Y mientras los cristianos duermen, el gigantesco mal de la intemperancia gana en fuerza y hace nuevas víctimas (Signs of the Times, 6-12-1910). 204

Tentaciones por doquiera.
En salones particulares y en puntos concurridos por la sociedad elegante, se sirve a las señoras bebidas de moda, con nombres agradables, pero que son realmente intoxicantes. Para los enfermos y los exhaustos, hay licores amargos, que reciben mucha publicidad y que consisten mayormente en alcohol.
Para despertar la sed de bebidas en los chiquillos, se introduce alcohol en los confites. Estos dulces se venden en las tiendas. Y mediante el regalo de estos bombones el tabernero halaga a los niños y los atrae a su negocio.

Día tras día, mes tras mes, año tras año, la perniciosa obra sigue adelante. Padres, maridos y hermanos, apoyo, esperanza y orgullo de la nación, entran constantemente en los antros del tabernero, para salir de ellos totalmente arruinados (El Ministerio de Curación, págs. 260, 261).

En la "marcha de la muerte".
A fin de que los hombres no se den tiempo para meditar, Satanás los conduce al torbellino de la búsqueda de placeres y algazara, de comer y beber. Les inculca el deseo de hacer exhibiciones que exalten el yo. Paso a paso, el mundo está llegando a las condiciones que existieron en los días de Noé. Se comete todo crimen concebible. La concupiscencia de la carne, la altivez de los ojos, la ostentación del egoísmo, el abuso del poder, la crueldad, . . . son todas obras de los agentes satánicos. A esa ronda de pecado y locura los hombres le llaman "vida". . . .

El mundo, que actúa como si no hubiera Dios, absorto en propósitos egoístas, experimentará pronto una súbita destrucción, y no escapará. Muchos continúan en una gratificación descuidada del yo hasta que llegan a estar tan disgustados con la vida que terminan con su existencia. Bailando y parrandeando, bebiendo y fumando, gratificando sus pasiones animales, marchan como bueyes al matadero. Satanás está trabajando con todo su arte y encantos para mantener a los hombres marchando a ciegas, hasta que el Señor se levante de su lugar para castigar a los habitantes de la tierra por sus iniquidades, cuando la tierra devolverá su sangre y no cubrirá más sus muertos. El mundo entero parece empeñado en la marcha de la muerte (Evangelismo, págs. 21, 22).

La maldición llevada a las naciones paganas.
De los países denominados cristianos el azote pasa a comarcas 205 paganas. A los pobres e ignorantes salvajes se les enseña a consumir bebidas alcohólicas. Aun entre los paganos, hay hombres inteligentes que reconocen el peligro mortal de la bebida, y protestan contra él; pero en vano intentaron proteger a sus países del estrago del alcohol. Las naciones civilizadas imponen a las naciones paganas el tabaco, el alcohol y el opio. Las pasiones desenfrenadas del salvaje, estimuladas por la bebida, le arrastran a una degradación anteriormente desconocida, y hacen casi imposible e inútil el mandar misioneros a aquellos países.

Mediante el trato con pueblos que debieran haberles dado el conocimiento de Dios, los paganos contraen vicios que van exterminando tribus y razas enteras. Y por esto en las regiones tenebrosas de la tierra se odia a los hombres de los países civilizados.

Aun las iglesias cristianas están paralizadas.
Los traficantes de bebidas constituyen una potencia mundial. Tienen de su parte la fuerza combinada del dinero, de los hábitos y de los apetitos. Su poder se deja sentir aun en la iglesia. Hay hombres que deben su fortuna directa o indirectamente al tráfico de las bebidas, son miembros de la iglesia, y reconocidos como tales. Muchos de ellos hacen donativos liberales para obras de beneficencia. Sus contribuciones ayudan a sostener las instituciones de la iglesia y a sus ministros. Se aquistan el respeto que se suele conceder a los ricos. Las iglesias que aceptan a semejantes hombres como miembros sostienen en realidad el tráfico de las bebidas alcohólicas. Con demasiada frecuencia el pastor no tiene valor para defender la verdad. No declara a su congregación lo que Dios dijo respecto a la obra del expendedor de bebidas. Decir la verdad con franqueza sería ofender a su congregación, comprometer su popularidad y perder su sueldo 
(El Ministerio de Curación, págs. 261, 262).

Los ministros han arriado la bandera.
El Señor tiene una controversia con los habitantes de la tierra que viven en este tiempo de peligro y corrupción. 
 Los ministros del Evangelio se han apartado del Señor y los que profesan el nombre de Cristo son culpables de no mantener en alto la bandera de la verdad. Los ministros temen manifestarse como prohibicionistas declarados, y se quedan tranquilos en lo que atañe a la maldición de la bebida, no sea que 206 les rebajen el sueldo o la congregación se ofenda. 
Si presentaran la verdad de la Biblia con poder y claridad, mostrando la línea de separación entre lo sagrado y lo común, temerían la pérdida de su popularidad personal, porque un gran número de los que figuran como miembros de iglesia perciben ingresos, directos o indirectos, del tráfico de bebidas.

Esa gente no ignora el pecado que está cometiendo. Nadie necesita que se le informe que el tráfico de bebidas ocasiona a sus víctimas miseria, vergüenza, degradación y muerte, con la ruina eterna de sus almas. Los que perciben ingresos directos o indirectos de ese comercio, guardan dinero que proviene de la pérdida de almas humanas. Las iglesias que mantienen como miembros a los que están relacionados con la venta de bebidas, se hacen responsables de las operaciones que se efectúan en el tráfico de bebidas. . . .

Dinero manchado con la sangre de las almas.
Dinero manchado con la sangre de las almas. El mundo y la iglesia pueden unirse en rendir alabanzas al hombre que instigó al apetito, y obedeció al deseo vehemente del apetito que él ayudó a crear; pueden contemplar con una sonrisa a quien contribuyó a envilecer al hombre que fue formado a la imagen de Dios, hasta que esa imagen queda prácticamente borrada; pero Dios lo mira con desaprobación y escribe su condenación en el libro mayor de la muerte. . . .

Ese mismo hombre tal vez haga cuantiosas donaciones a la iglesia, pero, ¿aceptará Dios el dinero arrancado a la familia del ebrio? Está manchado con sangre de almas y tiene encima la maldición de Dios. El Señor dice: "Porque yo Jehová soy amante del derecho, aborrecedor del latrocinio para holocausto". La iglesia puede elogiar la generosidad de quien da tales ofrendas, pero si los ojos de los miembros de la iglesia fuesen ungidos con el colirio celestial, no llamarían bien al mal ni justicia a la iniquidad. 

 Dice el Señor: "¿Para qué me sirve . . . la multitud de vuestros sacrificios? . . . ¿Quién demanda esto de vuestras manos, cuando venís a presentaras delante de mí para hollar mis atrios? No me traigáis más vana ofrenda; el incienso me es abominación". Isa. 1:11,12. "Habéis hecho cansar a Jehová con vuestras palabras. 
 Y decís: ¿En qué le hemos cansado? En que decís: Cualquiera que hace mal agrada a Jehová, 207 y en los tales se complace; o si no, ¿Dónde está el Dios de justicia?" Mal. 2:17 (Review and Herald, 15-5- 1894).

Condiciones que exigen los juicios de Dios.
Condiciones que exigen los juicios de Dios. Debido a la gran maldad resultante del uso de bebidas alcohólicas, los juicios de Dios están cayendo ahora sobre la tierra. ¿No tenemos la solemne responsabilidad de realizar decididos esfuerzos en contra de este gran mal? (Counsels on Health, pág. 432).

La debida reforma.
Es necesario que haya una gran reforma en el asunto de la temperancia. El mundo está lleno de toda clase de complacencia propia. A causa de la influencia entorpecedora de los estimulantes y narcóticos la mente de muchos es incapaz de discernir entre lo sagrado y lo común (Counsels on Health, pág. 432).

Dios pide que se ayude al ebrio.
Vuestro vecino puede estar cediendo a la tentación de destruirse por consumir bebidas alcohólicas y usar tabaco. Puede estar quemando sus órganos vitales con los ardientes estimulantes. Va por el camino de la ruina propia, de su esposa y sus hijos, quienes no tienen éxito en sus intentos de detener los pies que transitan por el camino a la perdición. Dios os llama a trabajar en su viña y a hacer todo lo que podáis para salvar a vuestros prójimos (Manuscrito 87, 1898).

Al hacer frente a esas cosas, y ver las terribles consecuencias de beber alcohol, ¿no haremos todo lo que está de nuestra parte para alistar a tantos como podamos a fin de que ayuden a Dios en la lucha contra este gran mal?
 (Evangelismo, pág. 197).

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